Observa el dibujo durante todo el tiempo que puedas antes de leer el blog. Deja que fluya lo que sea que venga a tu cabeza y que la atención vaya donde quiera.
Hoy es martes, 21 de abril, las 18:36. Vuelvo a estar en el mismo lugar desde donde escribí la entrada anterior, la esquina del salon. La tarde ha empezado a oscurecer y se ha levantado un viento de tormenta. Las copas de los árboles del trozo de parque donde solemos pasear se inclinan hacia el Oeste como juncos.
Esta mañana, en el trayecto al trabajo, he escuchado una entrevista a Pablo Ortiz de Zárate en el progama de BBVA Aprendemos juntos. En ella ha hablado sobre la observación de cuadros y nuestro estado mental. Ha explicado cosas que intuía. Y me ha recordado un libro que leí hacer mucho tiempo "Un mes en Siena" de Hisham Matar, en el cual habla del poder de la observación de los cuadros en un proceso de duelo.
De todo lo que comparte en esta entrevista, lo que me ha impulsado a escribir esta entrada es su comentario sobre la observación de cuadros de paisajes. Según Pablo, este tipo de observaciones suelen tener un efecto reparador porque invita a una mirada lenta y abierta, sin un punto único de atención. Los paisajes permiten que los ojos paseen y reduce la tensión mental, favoreciendo la calma. Generalmente no existen movimientos bruscos todo transcurre lentamente, es un sutil cambio sin sustos ni sobresaltos. Los paisajes no exigen intrepertar ni tomar partido, puedes dejar que la mirada fluya, hasta el horizonte, observar la luz, los tonos. De eso van los dibujos que inician la entrada de hoy.
Se me ocurrió hacer una serie con el paisaje que veo desde casa. Una vez que la mirada atraviesa el pollete de la terraza y sobrepasa las chimeneas del edificio de enfrente, asoma una loma, detrás de esta el Pardo, y al fondo se recorta la silueta de Madrid. Se identifica prefectamente las Torres de Madrid, las torres KIO, el pirulí, el faro de Moncloa.
La imagen no es fija, si prestas atención existe un constante y sutil cambio cíclo y sobre este, otros cambios azarosos. Cambia la luz a lo largo del día y el cielo va transitando de la oscuridad de la noche, al rosado de la mañana, el azul cielo intenso del medio día para acabar en colores anaranjados antes de volver a caer la noche. Cambia con las estaciones, observandose especialemente en los tonos de las lomas; verdes, amarillos, marrones. Tal vez lo que más me gustan son las nubes... hay veces que están justo encima de las torres y parecen un enorme ser que fuera a caer encima. Lo cumulonimbos parecen palomitas de maíz flotando en un cielo azul, son mis favoritas. Hay tardes que el cielo parece que está ardiendo. Además si te qudas observando ves el movimiento de las nubes que tiene un efecto como las olas del mar... parece que puedes anticiparlas pero siempre te sorprenden. En ese paisaje también hay aves: cigueñas, milanos, buitres, gorriones, petirrojos, estorninos. Al aterdecer vemos bandadas de pájaros que van hacia el norte en forma de V, son puntos negros que se cruzan con las estelas blancas que aviones dejan en el cielo anaranjados.
Compramos este piso precisamente por esa vista, pero creo que no era consciente de lo importante que era para mí. Disfruto como si tuviera en frente la mejor obra de arte del Prado, accesible todos los días, con la ventaja de que además cada momento cambia. También es un recordatorio de que todo permanece y cambia al mismo tiempo.
Volviendo a las imagenes del principio, la idea inicial era dibujar varias veces el mismo paisaje en diferentes momentos.
El primer dibujo, que está en la parte superior, corresponde con una mañana de invierno. Había una niebla baja que daba sensación de helada.
El segundo dibujo creo recordar que se trataba del atardecer... metí la pata y apareció una "coliflor" justo encima de las torres KIO. Estas torres me recuerdan a mi tío Jose Mari alucinando con la inclinación y al Día de la Bestia... no lo puedo evitar.
Al dibujar este paisaje quise simplificar las lomas y dar protagonismo al contraste de las torres con los cielos.
Hice un tercer dibujo... lo regalé.
El otro día concluí que el arte en el fondo quiere imitar la belleza de la naturaleza, porque no hay nada más bello que la naturaleza en sí misma.
Volviendo a la entrevista de Pablo, en ella comenta que la primera vez que actuó Bill Murray en un teatro bajó del escenario hundido porque consideró que lo había hecho fatal. Decidio ir al Art Institute de Chicago y recorriendo una sala se detuvo delante de un cuadro que se llama El canto de la Alondra de Jules Breton. Dice que este cuadro le ayudó para no rendirse y seguir adelante. Una chica trabajando en el campo, al amanecer, se detiene para escuchar el canto de una alondra que pasa volando. Para Bill Murray simboliza que a pesar de que en momentos la vida es dura, siempre hay algo que nos da esperanza para seguir adelante.
Tal vez mi interpretación es diferente, a mí Jules me cuenta que la belleza está ahí delante y al alcance de todos, pero depende de uno mismo el para y querer observarla.